El Gran Tema de la Piratería

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thebodhman
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Re: El Gran Tema de la Piratería

Mensaje por thebodhman »

Las capitales de la piratería (IV): Cilicia

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Buenos días amigos! Hoy vamos a seguir hablando de las regiones del mundo que se convirtieron en los principales focos de la piratería a lo largo de la Historia, y para ello nos vamos a ir muy atrás en el tiempo, bastante más de lo que lo solemos hacer en este tema, para hablar del azote del Mediterráneo Oriental en los últimos siglos antes de Cristo: los piratas cilicios.

Cilicia es una región situada en el sureste de la península de Anatolia, en la actual Turquía, que consiste en llanuras fértiles rodeadas de colinas y montañas, con límites difíciles de precisar al este y al oeste, mientras que al norte y al sur la cosa está más clara, con los montes Tauro y el mar sirviendo de fronteras evidentes. En general, la parte occidental es más accidentada, y la oriental más llana; la costa presenta multitud de calas y puertos naturales.
En cualquier caso, se trata de una zona habitada desde época muy temprana y que por su ubicación en la confluencia de Asia Menor y el Levante, fue escenario de muchos conflictos y cambios de hegemonía. En lo que nos toca, ya en la Edad del Hierro, Cilicia pasó por varias etapas de independencia y dominio externo (asirios, persas, macedonios...), pero no jugó un papel importante como capital pirata hasta mediados del siglo II a.C. Esto sucedió por varios motivos: por un lado, en torno al 150 a.C. Cartago desapareció como poder naval. Debilitada por los romanos tras las Guerras Púnicas, estos finalmente destruyen la ciudad en el 146, lo que supone que el Mediterráneo queda abierto a un cambio de hegemonía. Roma, que carece de tradición y espíritu marinero, no ocupa el lugar de Cartago como potencia naval en este momento, dejando un vacío de poder que fomentará la actuación de los piratas, que no tendrán oposición fuerte, salvo en las aguas más inmediatamente cercanas a Italia, o en el Egeo, donde los griegos aún conservaban cierta capacidad defensiva, pese a la decadencia de la región.
Por otro lado, los grandes poderes del Mediterráneo Oriental, que eran la Persia seléucida (quien en teoría gobernaba Cilicia) y el Egipto ptolemaico, estados descendientes del imperio de Alejandro Magno, se encuentran también en retroceso y agotados por décadas de guerras, tanto entre ellos como con otras entidades, y cualquier control que pudieran ejercer sobre sus aguas había quedado reducido enormemente.
A esto hay que sumar además factores económicos: el crecimiento de Roma y el establecimiento del sistema de latifundia, enormes fincas agrarias cultivadas por esclavos, hizo que la demanda de estos se disparase y con ello, su precio. Con el mar abierto a la piratería y las costas desprotegidas, se crea la oportunidad perfecta para que un nuevo poder aproveche la situación.

Así, sin nadie que los controle, los habitantes de Cilicia comienzan a lanzarse a la mar en masa, ante la impotencia del imperio seléucida de controlar lo que efectivamente es parte de su territorio, y procederán, como escribió Dión Casio, a formar grandes flotas y a atacar principalmente a otras naves, pero también las costas del Mediterráneo, volviéndose famosos algunos de sus comandantes; aquellos que se les oponían en el mar eran destruidos, o incapaces de perseguirlos debido a sus naves más rápidas y ligeras, lo que les permitía escapar para más tarde reanudar sus saqueos.
En esta situación no ayudaba la disposición de algunos gobernantes de aliarse con los piratas según les conviniese, como fue el caso de las regiones cercanas de Panfilia e Isauria, que decidieron que era mejor colaborar con ello que oponérseles. Ante este panorama, Roma envió a Publio Cornelio Escipión Emiliano a observar y evaluar la posible amenaza en el 140 a.C., pero de momento no se llevó a cabo ninguna acción importante contra ellos; no había voluntad ni recursos que destinar a esta labor, cuando Roma estaba ocupada con otras muchas guerras y asuntos, y mientras los piratas contribuyesen al mercado mediterráneo de esclavos.
Los piratas cilicios se extenderán por el mar Mediterráneo, estableciendo bases en costas e islas cada vez más lejos y nutriéndose de exiliados de guerra que se unían a ellos para protegerse y enriquecerse. Con el tiempo, ganarán suficiente fuerza para atreverse a lanzar ataques tierra adentro desde sus bases, aumentando la inestabilidad de las regiones costeras de toda la región mediterránea.

Con el tiempo, las acciones de los piratas causaron suficientes molestias a Roma como para que se decidiesen a abordar el problema directamente. Sí, eran una fuente importante de esclavos, pero también lo eran las victorias militares, y Roma era ya un poder consolidado y en expansión rodeado de pueblos y culturas que conquistar y esclavizar. Por otro lado, las interrupciones de las líneas de suministros marítimas causadas por los piratas comenzaban a ser un problema, especialmente en lo referente al grano procedente de Egipto, vital para abastecer Roma de alimento.
En el 103. a.C., Roma envió una expedición comandada por Marco Antonio (no el triunviro, sino su padre), que estableció una provincia romana en Cilicia y comenzó a a atacar las bases piratas, obteniendo éxitos temporales, pues la mayoría de piratas simplemente huyó a Creta, para regresar más tarde una vez la presión romana se relajó. Las guerras, y los comienzos de la inestabilidad civil y la erosión del sistema republicano eran problemas más acuciantes. En el 96 a.C., el futuro dictador Lucio Cornelio Sila fue nombrado propretor y gobernador de Cilicia, pero durante su mandato la región estuvo a punto de ser invadida por los persas del Imperio Parto, lo que le mantuvo ocupado.
Otra guerra estalló en la región en el año 89 a.C., la I Guerra Mitridática, contra Mitrídates VI de Ponto, un reino de la Anatolia nororiental. Mitrídates se valió de los piratas para debilitar la presencia romana en Asia Menor, lo que provocó nuevos enfrentamientos entre estos, y con ello la destrucción de bases piratas, al tiempo que las flotas de los cilicios saqueaban posesiones romanas en el Egeo, destacando numerosos casos de ataques a santuarios.
Hubo nuevos éxitos con otro gobernador, Publio Servilio Vatia el Isáurico, quien expandió la provincia tras una serie de victorias contra los piratas, consolidándola en el 74 a.C. En estos éxitos participó un joven tribuno militar llamado Cayo Julio César (este sí es el famoso), quien poco después fue secuestrado por los piratas cuando navegaba por la zona. Famosamente, pasó varias semanas con ellos mientras sus hombres reunían el rescate, y una vez liberado, armó una flota y los capturó, recuperando el dinero y ejecutándolos poco después.
También en el 74 se lograron victorias contra los piratas en Creta.

Las victorias de romanas no fueron definitivas, antes parecieron envalentonar a los piratas, que lanzaron ataques cada vez más audaces, atreviéndose a atacar Italia directamente, saqueando ciudades como Brindisi y las costas de Campania y Etruria, y secuestrando por rescate a mujeres romanas y algunos notables. En el año 70 a.C., Cecilio Metelo se enfrentó a los piratas en aguas sicilianas y del suroeste italiano. Poco después, los piratas llegaron a saquear Ostia, el principal puerto de la ciudad de Roma, una provocación sin precedentes que sería el punto de inflexión en el conflicto.
En el año 67 a.C., el prominente político Cneo Pompeyo Magno recibió el encargo de comandar una flota en una campaña especial contra los piratas, para la cual se le otorgaron poderes militares casi absolutos en el mar y costas (hasta unos 70 Km. tierra adentro) durante un periodo de tres años. Con 270 naves, unos 120.000 hombres y autorizado para emplear los fondos públicos que necesitase, Pompeyo se dispuso a acometer la limpieza del Mediterráneo. Por su parte, los piratas contaban, según Casio y Apiano de Alejandría, con 1000 naves, y habían ocupado o saqueado unas 400 ciudades a lo largo del mar.

Pompeyo organizó la campaña con una estrategia sólida: dividió el Mediterráneo en 15 secciones, y asignó naves y legados a cada una de ellas, de modo que los piratas no tuvieran a dónde huir sin toparse con flotillas romanas. El resultado fue óptimo: abrumados por la presión romana y sin poder huir, las fortalezas piratas en la mitad occidental del Mediterráneo cayeron o se rindieron rápidamente; al cabo de 40 días de campaña, las aguas del Mar Tirreno, Libia, Córcega, Cerdeña, y Sicilia habían sido pacificadas.
En cuanto al este, la campaña prosiguió con la misma eficiencia, se capturaron 70 naves y otras 300 se rindieron, y se calcula que murieron alrededor de 10.000 piratas, habiéndose rendido otros 20.000. Finalmente, Pompeyo asedió las últimas fortalezas de los piratas en las montañas al norte de Cilicia, que se rindieron tras negociar con el general romano.
Pompeyo, según cuenta Plutarco, fue clemente con los piratas sometidos, y antes que ejecutarlos en masa prefirió reasentar al menos a parte de ellos en las ciudades capturadas, de modo que contribuyesen a su reconstrucción y a la recuperación económica de la región, lo que parece que dio resultado. En apenas tres meses, Pompeyo había hecho desaparecer a quienes habían controlado el mediterráneo durante décadas, lo que le valió un regreso triunfal a Roma, antes de partir de nuevo a Oriente a enfrentarse a otros enemigos. La piratería en el Mediterráneo quedo así, si bien no erradicada, al menos reducida inmensamente y no resurgiendo hasta siglos después.

Gracias por leer.
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Re: El Gran Tema de la Piratería

Mensaje por thebodhman »

Las capitales de la piratería (V): Madagascar

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Hola, amigos!

Ha pasado algo de tiempo desde mi último post, pero viendo que el tema va a cumplir ya un año, me he puesto las pilas para sacar una nueva entrega en esta serie de posts sobre las regiones de interés para la historia de la piratería, y en este caso le ha tocado el turno a Madagascar, puerta de entrada a las riquezas del Índico y parada obligada para los piratas que buscaban fortuna en esas aguas.

Madagascar es, si consideramos las masas de tierra mayores que Groenlandia como continentes, la cuarta isla más grande del mundo. A pesar de ello, su poblamiento fue bastante tardío, comparado con la mayoría de territorios e islas de dimensiones semejantes, y aunque es posible que hubiese asentamientos y visitas anteriores, no se considera consistentemente habitada hasta la primera mitad del primer milenio d.C. Pese a la proximidad de África, estos primeros pobladores no provenían de allí, sino del sureste asiático (la actual Malasia), aunque para el siglo X los habitantes de la costa del actual Mozambique llegaron también a la isla y comenzaron a asentarse en el noreste y a mezclarse con los primeros pobladores. Para 1100, se considera que la isla ya estaba asentada en todas sus regiones.

La historia de Madagascar con los piratas comienza con la era de la exploración del océano Índico, cuando la tecnología naval europea y la búsqueda de rutas comerciales llevan, primero a los portugueses y más tarde a otras naciones, a aventurarse a explorar las aguas que rodean África.
Madagascar no era desconocida para los europeos, pues las fuentes árabes hablan de la isla desde época bastante temprana, y Marco Polo recogió estas historias en su obra. Así, los primeros exploradores portugueses que encontraron la isla por accidente el 10 de agosto de 1500, tenían ya una idea aproximada de su ubicación y dimensiones. Diogo Dias, capitán de la expedición y el primer europeo que visitó la isla, la llamó San Lorenzo y comunicó su descubrimiento a su regreso a Portugal, pero el interés fue escaso. Los portugueses no harían intentos serios de asentamiento, contentándose con utilizar la isla como escala de abastecimiento. Los ingleses y franceses sí lo intentaron con mayor seriedad en los siglos siguientes, pero con numerosas dificultades y escaso éxito. Los primeros habían fundado un asentamiento cerca de la actual ciudad de Toliara, pero la mala calidad del suelo, junto con las enfermedades y la hostilidad de los malgaches (los nativos) le pusieron fin en 1646. Tres años después, abandonaron también Île Sainte-Marie, en la costa noreste.
Respecto a los franceses, su colonia de Fort Dauphin no corrió mucha mejor suerte. En 1642, como parte de un intento de colonizar Madagascar, la corona francesa comenzó a enviar personal civil y militar a la isla, donde fundaron el fuerte y pueblo de Fort Dauphin, en el sur de la isla. De nuevo, enfermedades y problemas para obtener cosechas en ese clima evitaron que la colonia prosperase, y pronto comenzaron a molestar a las tribus locales: a sus aliados, porque siempre necesitaban recursos, y a sus enemigos porque convirtieron las incursiones de saqueo en su principal actividad económica, pues la agricultura había fallado y tampoco funcionaban como puesto comercial, ya que no tenían a quién vender nada. En 1674 los nativos atacaron el asentamiento, matando a cerca de la mitad de los hombres, mientras que la otra escapó en un barco.

Con este panorama de una Madagascar hostil y resistente a la colonización, en la que las potencias europeas no encontraban el modo de establecer su presencia (y que les causaba importantes pérdidas económicas), no es de extrañar que los proscritos de los mares encontrasen la isla de su agrado. Los piratas, que no tenían (en general) ambiciones tan grandes, hicieron de las costas e islotes en torno a Madagascar su refugio en la ruta hacia el Índico, comerciando con armas y otros bienes con los malgaches a cambio de provisiones. Piratas como Henry Every, William Kidd o Thomas Tew fueron llegando a partir de la década de 1680, como vimos en los temas de los respectivos, con la intención de saquear las flotas que cubrían el trayecto entre la Meca y la India cargadas de riquezas. Otros, menos afortunados, naufragaron en la isla y fundaron asentamientos piratas en colaboración con los malgaches, quienes, habiendo sido puestos al corriente de la demanda europea de esclavos, comenzaron a vender a sus enemigos a los piratas que visitaban estas bases.
Île Sainte-Marie, o Saint Mary, abandonada por los ingleses en 1649, se convirtió en uno de los puertos piratas por excelencia desde 1691, bajo el mando de Adam Baldridge, que se convirtió en un caudillo local con el apoyo de mercaderes de Nueva York, que enviaban suministros a cambio de esclavos. Baldridge, por su parte, podía cobrar sumas muy altas a los piratas visitantes, gracias a este monopolio, lo que le hizo rico y poderoso en la zona, hasta que un conflicto con los nativos le obligó a huir en 1697. De acuerdo al relato de nuestro querido e infortunado capitán William Kidd (fue aquí donde tuvo su fatídico encuentro con Robert Culliford), Baldridge habría vendido como esclavos a un gran número de nativos, causando ira generalizada y un ataque sobre el asentamiento en el que murieron muchos piratas. A Baldridge le sucedió Edward Welch, que prosiguió con las labores de proveedor de la piratería en esas aguas, (aunque sin los contactos de su predecesor) hasta su muerte en 1708. Mientras tanto, Baldridge se presentó ante el gobernador de Nueva York, Bellomont, (de quien ya hablamos en los posts sobre William Kidd), a quien propuso crear una colonia inglesa en Saint Mary, probablemente con la intención de recuperar su posición, pero su idea no dio fruto.
Otros piratas se asentaron más al sur, en las ruinas de Fort Dauphin. Abraham Samuel, uno de los supervivientes del ataque a Saint Mary, se vio encallado en las cercanías de la abandonada colonia francesa. Su suerte dio un giro muy improbable cuando una anciana reina local vio marcas de nacimiento en su cuerpo, que la llevaron a identificarle como el hijo perdido que su marido francés se había llevado con él tras la masacre de 1674 (Samuel era probablemente biracial, pero no se sabe si nació en Madagascar o en el Caribe, y mucho menos si la reina estaba en lo cierto). En cualquier caso, Abraham Samuel se convirtió en rey, y con los veinte piratas supervivientes y 300 soldados nativos, se estableció como un poder local, pero su actitud ante otros piratas fue mayormente hostil. Cuando accedía a comerciar con ellos, les hacía pagar tasas comerciales abusivas, y más a menudo simplemente saqueaba las naves que atracaban en sus dominios. Samuel murió finalmente hacia 1705.

Otros piratas de renombre en la región fueron John Pro y Thomas Collins. El primero, un holandés, había navegado y hecho fortuna en el Índico durante años, fue uno de los que permaneció en Saint Mary tras la huida de Baldridge, escapando por los pelos de los británicos tras ser capturado durante una expedición antipiratería en 1704 y prosiguiendo con la actividad unos años más, hasta establecerse de nuevo en el puerto pirata como tratante de esclavos, actividad que le reportó gran fortuna.
Por su parte, Collins, que probablemente había navegado con Pro, y de hecho había escapado con él de los británicos en la ya mencionada expedición, se convirtió en el sustituto de Abraham Samuel en Fort Dauphin en 1707, enriqueciéndose también vendiendo esclavos y con los aranceles portuarios a los visitantes. Ambos piratas murieron en 1719.
También hay que mencionar a James Plaintain, pirata inglés que se estableció en la isla en 1720 tras haberse quedado en tierra con otros piratas. Se desconoce si esto fue voluntario o no; Plaintain y sus compañeros habían navegado con la flotilla de Edward England, y tras una captura exitosa fueron a Madagascar a repartir el botín y aprovisionarse. El caso es que Plaintain y los suyos conservaban su parte de las ganancias, y las emplearon en construir su asentamiento y en ganarse la amistad de los nativos cercanos, a quienes instruyó en el uso de las armas de fuego. El asentamiento de Rantabe se convirtió en otro puerto pirata, que ofrecía comida, agua y esclavos a cambio de armas y otros bienes, como licor y textiles. Plaintain se convirtió en líder guerrero, y como Baldridge y Samuel antes que él, formó un harén de esposas nativas y pasó a formar parte de la política local.

Casi para cerrar, hay que mencionar el mito de la colonia pirata de Libertalia, el asentamiento supuestamente fundado por el capitán James Misson con el propósito de servir de refugio a gentes de todo credo y color, donde podrían vivir en libertad lejos de la civilización y sus vicios. Una utopía democrática demasiado buena para ser real, Libertalia es considerada por los expertos como una invención o una exageración basada en noticias de los asentamientos piratas de la isla que ya hemos comentado. Como tantos otros detalles de la historia de la piratería, Libertalia nos llega únicamente de la pluma de Charles Johnson y su General History of the Pyrates de 1724, obra imprescindible pero poco fiable en muchas cosas, en la que lo ficticio y lo real se confunden y no se pueden contrastar en muchos casos.
Fuera real Libertalia o no, lo cierto es que la gran isla de Madagascar sí fue un refugio fundamental para los piratas del Índico, donde un lobo de mar podía convertirse en rey de un paraíso tropical, y disfrutar de libertad, riquezas y mujeres como en pocas partes del mundo. No obstante, lo bueno (si lo podemos llamar así) nunca dura mucho. Los asentamientos piratas encontraron su fin desde 1725, conforme las dinámicas de poder locales cambiaban y ante la presión naval europea aumentaba (el último gran éxito pirata en esas aguas, protagonizado por Olivier Levasseur en 1723 atrajo mucha atención indeseada de las autoridades). Muchos piratas se asimilaron con los malgaches y su cultura, abandonando la actividad, mientras que otros se acogían a perdones y amnistías y regresaban a sus hogares en Europa, y otros, menos, proseguían con sus crímenes en otros lugares. James Plaintain, por ejemplo, acabó como marino en la Armada Maratha en la India en 1728, expulsado por sus enemigos malgaches, lejos de sus días de riqueza y poder en la hermosa, y por algún tiempo aún indómita Madagascar.

Gracias por leer.
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