Yo el dia 3 de septiembre empiezo recuperaciones, no tengo problema con entregar antes el 31, pero si es asi os pediria que dejaseis mas de una semana despues para las votaciones porque sino no me dara tiempo a leer y dar opinion de todos los relatos.
Unas cosas:
1. ¿El limite de palabras cual es?
2. ¿Alguna norma extra? Como seria por ejemplo la penalización a los escritores que no votan
3. ¿Método para votar?
4. ¿Quien se encarga al final de esta edición? xD
Crikrien escribió:Yo no participaré y recogeré, en estos casos el género es el Western.
Podríamos poner de plazo dos semanas desde el 1 de Agosto que es mañana.
El número máximo de palabras será de 3500.
El plazo acaba el día 15 a las 0:00, es decir más allá de esa hora no se aceptan relatos y empieza el día 1 a las 0:00.
Podéis ponerle un título, evitad usar apodos por si alguien os puede reconocer y por lo demás ya sabéis cualquier pregunta dirigidla por aquí o por mp.
Si alguien hace el favor de cambiar el primer post, muy agradecido por el de 32ª Edición: Western . Así la gente se espavila si ve la fecha de entrega.
La votación como se ha hecho las últimas veces, sí queréis podemos hacer formato 5 puntos a dar al mejor, 4 al segundo 3, 2 y 1.
Penalización por no votar a quién participe. Podemos restarle puntos, yo diría restarle 3 puntos o 5, no sé. Y era hasta el 31 de Agosto.
España es la Rusia del sur, sólo así se entiende que haya tanto zumbado.
La recta final y nadie me ha enviado nada, a no ser de que se lo hayan enviado a otro. Sea como sea, aún hay tiempo, pero toda la buena fe al final se ha quedado en nada xD
España es la Rusia del sur, sólo así se entiende que haya tanto zumbado.
Pues no temas, no estará desierto, además del tuyo tengo constancia de otros tres posibles relatos. Para que la gente se anime. Animaros! Que queda tiempo y va a participar gente.
España es la Rusia del sur, sólo así se entiende que haya tanto zumbado.
Oscar Vane se dirigía al galope bajo un intenso sol hacia un pueblo llamado Lowervalley conocido por una famosa licorería, una de las mas importantes del país que distribuía a varios estados. El pueblo se encontraba en un lugar privilegiado para defenderse de los bandidos ya que estaba en medio de un valle rodeado de altas paredes rocosas y solo se podía acceder a el a través de un estrecho cañón que lo conectaba con el desierto. Lowervalley era un lugar tranquilo, de unos mil habitantes aproximadamente y con una buena renta debido a los comerciantes que atraía la licorería.
En la cabeza de Oscar Vane solo había una idea, la misma que le había hecho abandonar su puesto de sheriff y su pueblo para perseguir por todo el desierto a un bandido llamado Jack: la venganza de su hijo. Vane era un hombre alto y corpulento, de unos cincuenta y pocos, con el pelo cano y desecho y una leve cojera en la pierna izquierda. Vestía una vieja casaca gris y un sombrero bien calado y a pesar de la edad conservaba su habilidad con el hacha de mano y cierta agilidad en los movimientos.
Cuando Vane salió al valle tras cruzar el cañón fue directo a la oficina del sheriff que se encontraba a la entrada del pueblo. Bajó de su caballo de un salto, lo ató y empezó a subir los escalones de madera buena del porche de comisaria. Al cruzar la puerta sorprendió al sheriff Delaware entre exageradas carcajadas, con una bella jovencita en su regazo y una botella del mejor whisky sobre el escritorio.
-¡¿Quién demonios es usted?! -preguntó el gordo y ebrio Delaware de forma casi inteligible.
-Soy Oscar Vane y vengo a advertirle que dentro de poco vendrá el famoso bandido Jack Red a atracar la licorería de Lowervalley.
-¡Eso es imposible!¡Nadie se a atrevido nunca en años a robar en este pueblo y los últimos que lo intentaron murieron al salir emboscados por mis hombres en el cañón! –Dijo risueño y brabucón el sheriff.
Vane insistió en que le dedicara al menos diez minutos a escuchar su hipótesis y finalmente Delaware hecho aquella mujer y empezó a prestarle atención. Le explicó que era un viejo sheriff de una ciudad de mas al sur y que desde hacia un año estaba persiguiendo a Jack Red después de que este matase a su hijo en un golpe que se le fue de las manos. El sheriff escuchó todas sus historias embobado y medio aturdido por el alcohol y al acabar creyó la advertencia de la que al principio se había reído. Según dijo Oscar Vane “Jack atracará esta licorería por la trayectoria que lleva con los otros pueblos de la zona y porque no es su estilo rendirse ante un reto como este.”
Después de media hora debatiendo como lo harían, los dos hombre se fueron calle arriba a visitar al Sr.Thomson , el dueño de la licorería, para prepararle la trampa a Jack. Delaware le contó a Vane por el camino que el Sr.Thomson era un hombre bajito, regordete y cobarde con unas gafas redondas y siempre bien vestido, enviudó de su mujer y ahora vivía con su único hijo, Tommy.
-Su mujer era una dama muy bella, nunca supe que hacia con un tipo como el pero bueno… Thomson es el tipo de hombre que no tiene valor ni para enfrentarse a una rata así que accederá a lo que le pidamos ya lo vera Vane. –Comentaba el sheriff de forma burlona.
Al llegar a la licorería el Sr.Thomson los recibió educadamente desde el otro lado del mostrador y les invitó a unos tragos de un whisky de doce años que tenia bien guardado, el pobre hombre siempre le había tenido pavor a Delaware y este se aprovechaba de ello. Antes de que el sheriff aceptará, Vane se adelantó rechazando la invitación modestamente con el pretexto de que habían asuntos importantes que tratar. Thomson cambió su rostro, su cordial sonrisa se transformó en una mueca de preocupación y mandó a su hijo que se metiera para dentro. Tommy era un chaval de diecisiete años espabilado y curioso que se avergonzaba de su padre por su cobardía y porque siempre lo subestimaba. Oscar Vane le explicó toda la situación y lo que quería que hiciera al licorero mientras el gordo de Delaware miraba las estanterías distraído y fastidiado por no haber podido catar aquel whisky. El plan era simple, Vane, el sheriff y tres hombres de este estarían dentro del local disfrazados de clientes en el momento en el que Jack entrara y cuando quisiera darse cuenta el y sus hombres estarían rodeados. Vane descartó desde el primer momento la posibilidad de pillarlos en el cañón, pues a pesar de la ventaja que les daría el lugar, Jack era famoso por su puntería a larga distancia y prefería enfrentarlo en un lugar cerrado.
Mientras estos hombres lo preparaban todo, Jack Red y sus bandidos galopaban en dirección a Lowervalley con las armas cargadas y la intención de atracar la licorería tal y como se había predicho. Jack era un hombre joven, fuerte y muy hábil con las pistolas que vestía completamente de negro exceptuando el antifaz de color rojo que le había dado su apodo. Viajaba por la costa oeste de los Estados Unidos robando bancos y licorerías y ya había conseguido bastante fama y reputación siendo temido haya a donde iba. Su forma de actuar era siempre la misma: entraba rápido, robaba y salía igualmente rápido habiendo predicho a la perfección donde estarían los guardias en el momento del golpe y evitando así, en lo posible, el enfrentamiento directo y el asesinato. Jack llevaba siempre consigo a tres hombres que cambiaba cada cierto tiempo y el era siempre el cabecilla que organizaba los golpes y decía cual sería la próxima ciudad.
Vane y Dalaware pasaron dos noches y tres días inundados por la incertidumbre, esperando que uno de los guardias les avisara de que Jack estaba entrando por el cañón. Esta espera acabó con las remordidas y sucias uñas de Vane y con el tabaco del sheriff que cada vez se mostraba mas impaciente e incrédulo. Finalmente al atardecer del tercer día uno de los guardias entró agitado a la licorería advirtiendo de la noticia esperada: Jack y sus hombres estaban entrando a Lowervalley. Al parecer eran solo dos hombres los que acompañaban a Jack y galopaban con los caballos descargados para ser mas veloces. Vane hizo un cambio de última hora, dijo que con Dalaware y otro hombre bastaría ya que los bandidos eran solo tres y que hubieran tantos clientes a esas horas resultaría sospechoso. Asi fue, los otros dos guardias se fueron a vigilar el cañón y el resto se puso en posición: Vane sentado en el banquito de la derecha, Dalaware apoyado en la mesa del fondo a la derecha, al lado del mostrador, y el guardia a la izquierda en la pared de la puerta , vigilando la retaguardia.
En menos de dos minutos se oyó el sonido de tres hombres descabalgando en la puerta de la licorería, la tensión se mascaba en el aire. Los tres bandidos entraron rápidos y silenciosos y uno de ello se adelantó hasta el mostrador, mas atrás quedaron Jack y el otro. Justo cuando el primer atracador se disponía a lanzar un grito autoritario y exhortativo hacia el acongojado Sr.Thomson la ronca voz de Oscar Vane resonó con fuerza:
-Jack Red, ¡Quedas detenido!
Por un segundo, todo quedó inmóvil y en silencio, ni si quiera Jack, que sentía el cañón del cuarentaicinco clavándose en su costado ,movió un dedo . Lo próximo que se oyó fue el sonido seco del cuerpo de Thomson lanzándose al suelo detrás del mostrador para esconderse y las balas zumbando por el aire. El bandido mas atrasado disparó dos veces contra la espalda de Vane, este en su caída logró alcanzar a Jack a la altura del riñón derecho, el guardia disparó directamente contra la cabeza del bandido, el que estaba en el mostrador se giró y descargó las seis balas de su revolver en el pecho del guardia y Dalaware acabo con él desde debajo de la mesa donde se había agazapado cobardemente con la primera voz. El Sr.Thomson corrió a gatas hacia dentro de la tienda sin ni siquiera alzar la cabeza, y lo único que rompía el silencio en ese momento eran los llantos angustiosos de Jack que se retorcía en el suelo con una bala en el estomago. Dalaware salió de debajo de la mesa y se acercó a él con su caminar patizambo, la pistola en la mano y una sonrisa burlona lanzando gritos y carcajadas. Mientras Jack lo miraba fiero, con la nariz arrugada y mostrando los dientes apretados y llenos de sangre sin poder articular palabra.
-¡Mira por donde! ¡Aquí tenemos al famoso Jack Red! ¡El mas peligroso y escurridizo bandido! ¡Justo aquí ante mis ojos desangrándose y deseando que acabe por fin con su miserable vida de perro! Pero no voy a concederte ese favor, ya lo creo que no, tu destino es la horca, te entregaré y a mi me condecoraran… ¡De esta me jub…
La cara del bandido cambio drásticamente, a través de los huecos del antifaz se vio como sus ojos se abrían llenos de asombro viendo como el sheriff caía delante de él con el torso lleno de agujeros que lo traspasaban. Ante su mirada apareció Tommy empuñando la Winchester que su padre guardaba bajo el mostrador y que nunca se había atrevido a usar. La cara del chico estaba llena de odio y durante unos segundo se quedó observando como la sangre acababa de inundar la espalda de su victima.
-¡Eh, chaval! ¿Por qué lo has hecho?.-Pregunto Jack entre esfuerzos
-¡El mató a mi madre!-Respondió Tommy con firmeza.
Hacia ya dos años del incidente, una noche Dalaware salía del bar después de haber acabado con toda la cerveza, como de costumbre, y se cruzó con la Sra.Thomson mientras volvía a casa. Al parecer este intentó aprovecharse de ella pero la mujer se resistió, Dalaware sacó el revolver para amenazarla y sin querer se le disparó matándola al instante. En Lowervalley todo el mundo sabía lo que había pasado pero nadie se atrevía a decir nada y menos el cobarde del Sr.Thomson que decidió callar y olvidar. Esto desquiciaba cada noche al joven Tommy que estaba ansioso de vengar a su madre y cuando escuchó hacía tres días lo del atraco vio su oportunidad.
Tommy explicó a Jack toda la historia mientras este escuchaba intentando no desangrarse.
-Asi que pensé que como se iba a ver envuelto en un tiroteo tendría oportunidad de vengarme sin que nadie me acusara.
-Pero has tardado demasiado chico… Mira al otro lado de la calle.
-¡Oh, no!-exclamó Tommy al ver a toda la gente del bar observándolo atonitos.
-Oye chaval, tu necesitas a alguien que te ayude a escapar de aquí cuanto antes y yo a alguien que me levante del suelo… ¿Qué me dices?-Dijo Jack con una risa entrecortada.
El joven asintió y se acerco rápidamente para ayudarle a levantarse cuidadosamente, no le quedaba otra, si se no se iba lo ahorcarían por asesinar al sheriff ya que todo el mundo había visto como lo hacía. Tommy subió a Jack al caballo tal como este le indicó, los dos en el mismo y el bandido sentado mirando hacia atrás y salieron rápidos al galope.
-Jack, nos están esperando dos hombres en el cañón.
-Ya me lo imaginaba, tu tranquilo, cuando yo te diga agáchate y abrázate al cuello del caballo.
Al largarse Jack vio como toda la gente salía del bar, algunos los miraban, otros entraban en la licorería, Tommy no hecho la vista atrás. Ya iban por la mitad del cañón cuando una bala rozó al caballo, el bandido hizo la señal y el joven se agachó como habían dicho. Jack Red se quedó tumbado con su espalda sobre la del chaval , con los brazos extendidos y un revolver en cada mano apuntando a ambos lados del cañón. Por arriba, uno por cada parte, galopaban los dos guardias disparándoles sin dejar de perseguirles pero no tardaron en caer gracias a la gran puntería de Jack.
Al salir al fin al desierto pararon bajo un árbol que había a unos cien metros para curar en lo posible la herida y recuperarse del susto. En ese momento, Tommy, se dio cuenta de lo que acababa de pasar y cual era su situación pero como siempre había sido valiente pronto escapó de sus pensamientos y ayudó a su nuevo amigo. Ahora lo único que podía hacer era unirse a aquel bandido, en realidad no le importaba, el siempre había aborrecido la sórdida y tediosa vida que llevaba su padre. Cuando acabaron de vendar la herida malamente, el chico se puso a cargar en el caballo las provisiones que los bandidos habían dejado allí antes de entrar.
En un instante escuchó cinco disparos a sus espaldas, se giró alarmado y vio a Jack completamente muerto en el suelo hecho un ovillo y tras el cayendo de rodillas a Oscar Vane. Tommy hecho rápidamente la mano a la pistola que estaba en el morral del caballo y apuntó al viejo.
-No pasa nada Tommy, no voy a matarte, ya he vaciado mi revolver con este bastardo, yo ya estoy acabado… ¡Ya he cumplido con mi venganza! Parece que tu también te has vengado esta tarde ¿eh chico? Si, tu y yo sabemos lo que es eso, pasar noches en vela repitiéndote el nombre de aquel que asesino a alguien querido y deseando tenerlo entre nuestras manos… No tengo ni idea de que esperas hacer ahora, ¿Te entregaras? ¿Huiras? ¿Te harás bandido?... Mira Tommy hagas lo que hagas nunca sometas a nadie al sufrimiento de querer vengarse de ti, porque eso es peor que la muerte.
Oscar Vane cayó desplomado al suelo lanzando su último suspiro y el chico se dejó caer al suelo desolado, no tenía ni idea de que hacer ahora. Estuvo pensando en entregarse, quizás el pueblo decidiera callar su crimen en forma de justicia, pero era poco probables. Y si huyera no dudaría mucho ya que aquellas tierras eran peligrosas y los sheriffs no serian los únicos a los que tendría que esquivar. Entre sus pensamientos alzó un momento la mirada y encontró la solución, corrió hacia el cadáver de Jack, desanudó su antifaz y se lo puso. Ahora el sería Jack Red, nunca mas Tommy Thomson, su reputación lo protegería al principio y con el tiempo se haría hábil con las pistolas, sería el bandido mas buscado y tendría una vida llena de aventuras como siempre había soñado.
Robert Sherman no solía frecuentar saloons, pero esa noche decidió que le iría bien uno. Entró, pidió un trago y se acomodó en la barra. En cuanto vio a Jacqueline, le llamó la atención, pero fue al escuchar su voz y ver como bailaba, que quedó maravillado ante esa mujer.
Robert empezó a frecuentar ese salón, y una noche se acercó a Jacqueline. Ella al principio se mostraba reacia a su atención, pero él no desistió. No desistió hasta que Jacqueline dejó el saloon y se casó con él.
Mientras se encaminaba a la barra del saloon al que había entrado, dirigió su mirada hacía las bailarinas que había en el escenario, y por debajo de su pañuelo, esbozó una amarga sonrisa. En cuanto logró la atención del camarero, señaló una de las botellas que había en los estantes, indicándole al susodicho que esa era la bebida que quería. Con el vaso lleno ya en sus manos, se dirigió a una de las mesas del saloon. Se acomodó en la silla y como solía hacer, se limitó a escuchar a la gente de su alrededor.
Y entonces, después de más de un año de repetir el mismo procedimiento, por fin escuchó el nombre que tanto había buscado. “¿Te has enterado? Se dice que el gran magnate William Rockfell está en la ciudad…” “Sí, por lo que tengo entendido creo que se aloja en esa casa enorme del final de la tercera calle…”
Con esa información tenía suficiente, por lo que se levantó, pagó al camarero y salió de ese saloon. Antes de montar en su caballo, comprobó que tuviese todo lo necesario. Recargó sus dos revólveres junto a su rifle Winchester, y se dirigió hacía la dirección antes mencionada con un solo pensamiento:
Matar a William Rockfell.
Robert, Jacqueline y su hija de un año Kathleen se encontraban enfrente de su casa, ahora destrozada por un árbol que la tormenta de la última noche había lanzado hacía esa zona. El árbol había destrozado parte del comedor y la cocina, pero eso no era lo más grave, ya que había roto el establo y todos los caballos habían huido. Y siendo el negocio de Robert un rancho de cría de caballos, el futuro no parecía muy esperanzador.
Pero Robert insistía en que lo solucionaría, que no había problema. Y aunque su mujer tenía sus dudas, depositó su fe en su marido.
Los días pasaron, y poco a poco la familia Sherman empezó a resurgir de entre sus cenizas. Primero empezaron reconstruyendo la casa, y luego vino el establo. Un año después, consiguieron dos nuevos caballos, y medio año después la yegua por fin quedó preñada.
Y pese a que todo parecía que iba viento en popa, Jacqueline no podía evitar sospechar. Y es que por más que preguntaba a Robert de donde sacaba el dinero para todas esas obras y sus primeras necesidades, él le respondía siempre lo mismo: “No te preocupes Jackie, está todo bajo control”.
Mentira.
Una vez llegó en la dirección en la que se suponía que William Rockfell se encontraba, bajó de su caballo y lo ató a un poste cercano. Cargó sus dos Peacemakers y su Winchester, guardando los dos revólveres en su cintura y dirigiéndose al edificio con el rifle en mano.
No vaciló, sabía que este era el momento que tanto había esperado, y no iba a dejarlo pasar.
Abrió la puerta y se encontró con lo que suponía que eran secuaces de Rockfell, pero antes de que ellos pudiesen reaccionar les disparó en la cabeza matándoles a ambos en el acto. El ruido de los disparos alertó a más hombres que empezaron a acudir a la habitación principal con la intención de matar al intruso. Pero esta vez éste no se moderó, y empezó a disparar tiros continuos para poder actuar con más velocidad y evitar los disparos que iban en su dirección. A medida que avanzaba, los hombres de Rockfell caían al suelo bañados en su propia sangre. Cuando dejaron de aparecer más enemigos, el recién llegado se dirigió a la que supuso que era la habitación donde se encontraba Rockfell.
Un mes antes de que Kathleen cumpliera tres años, ocurrió la tragedia.
Hasta el anochecer el día había ido de perlas. Ya tenían a varios posibles clientes, y el resfriado de Kathleen empezaba a abandonar el cuerpo de la pequeña, por lo que seguramente en la mañana siguiente el doctor confirmaría que estaba ya curada.
Pero mientras Kathleen se encontraba siendo acostada por su madre, alguien llamó a la puerta, por lo que Robert fue a abrir. Pero en cuanto lo hizo se le heló la sangre. Era William Rockfell, el hombre que le había prestado el dinero dos años atrás.
-Buenas noches Sr. Sherman. ¿Podemos pasar?
Cuando abrió la puerta se encontró con su objetivo sentado en su mesa revisando unos papeles, que sin levantar la cabeza, preguntó:
-¿Y bien? ¿Cuántos eran? Por la cantidad de disparos que he oído debían ser más de uno. O eso o tenéis peor puntería que mi abuela-él mismo rió ante su comentario. Pero al no obtener respuesta alguna alzó la vista. Y al ver que quien se encontraba en su puerta no era ninguno de sus hombres, se levantó rápidamente del sitio. Pero antes de que pudiese ir demasiado lejos, recibió un disparo en el hombro que le detuvo e hizo que se apoyara en la mesa chillando de dolor.
-¿Quién eres? ¿Qué quieres?- musitó William. Pero su atacante ignoró sus preguntas y siguió acercándose. William trató huir, pero entonces una bala atravesó su pie, haciendo que cayera al suelo mientras volvía a gritar.
–Hijo de perra… ¿Qué quieres? ¿Dinero? ¡Llévatelo! ¡Llévatelo todo!- pero el intruso parecía tener oídos sordos a sus palabras, y siguió acercándose, atemorizando aún más a su víctima, quien ya había mojado los pantalones con su propia orina. El intruso lo notó, y bajo su pañuelo, esbozó una amplia sonrisa de satisfacción.
-¿Qué quieres? ¿Quién eres?-volvió a preguntar William ya desesperado y aterrorizado ante la visión de la sangre abandonando su cuerpo. El intruso, quien estaba ahora apenas a medio metro de él, clavó su mirada en sus ojos. Y de repente, se quitó el sombrero y el pañuelo de su cara, dejando a William perplejo. Pero el asombro de William llego a su punto álgido en cuanto la persona que tenía en frente abrió su boca.
-…tú.
-Hijos de puta… ¡parad! ¡PARAD! – pero por más que intentaba detenerles, ellos seguían golpeando a su marido. Un golpe en el costado, y otro, y otro, dos más en la cabeza…No se detenían. “Esto te pasa por no pagarme, te di un año, no dos” decía el jefe de esos hombres. “Serviréis de ejemplo, ahora la gente lo entenderá” decía otro. De pronto dejaron de golpear a su marido, pero eso no la alivió, ya que ya se imaginaba las palabras que venían a continuación.
-Creo que ya está suficientemente muerto.
No. No. ¿Por qué? Robert no podía morir. Robert era un buen hombre, les habría pagado, ¿por qué no le creyeron?
Jacqueline trató de soltarse de los hombres que la sujetaban para ir hacía su marido, pero eran demasiado fuertes.
-¡Que me soltéis bastardos de mierda! ¡Dejadme ir!-pero no había manera, por lo que Jacqueline siguió gritando. Harto, uno de los hombres que la sujetaban trató de taparle la boca, pero Jacqueline le mordió con toda su rabia, cosa que solamente provoco que el hombre le diese un puñetazo en la boca, haciendo que empezara a sangrar. Como respuesta, Jacqueline escupió la sangre de su boca al pie del mismo hombre.
-Serás cerda… ¡Jefe!, ¿puedo cargármela ya?- el jefe de ese hombre, William Rockfell por lo que había oído antes desde el segundo piso, se acercó hacía ella y se agachó hasta quedar a su altura, levantándole la cabeza por la barbilla.
-La verdad es que es bastante bonita…Chicos, ¿no os suena su cara?-preguntó Rockfell a sus compañeros.
-Hace unos años era la bailarina principal del saloon Mustang-respondió uno.
-Ah…cierto. Fue una pena que te retiraras siendo tan joven, tu voz era maravillosa… ¿No podrías cantar algo para mí?
-No.
-Canta.
-Nunca, sois repugnantes-William frunció el ceño.
-Vaya, que vocabulario tan vulgar. De hecho, no has dejado de insultarnos desde que hemos llegado…Cuesta creer que alguien con una cara y una voz tan hermosas como las tuyas sea así de maleducada. Realmente sería una pena que no pudieras cantar nunca más, ¿me equivoco?-dicho esto, William levantó una mano con un gesto que le indicaba al hombre de detrás que le diese algo. Éste entendió lo que su jefe le pedía, por lo que le entregó un puñal que llevaba guardado.
Jacqueline también lo entendió.
-Sujetadla bien-ordenó Rockfell.
-No, detente-musitó Jacqueline antes de que William le agarrara la lengua y eso le
impidiese decir nada más.
-Tú te lo has buscado. Además vas a morir igualmente, simplemente se trata de algo simbólico así que no te preocupes querida-dicho esto, William le cortó la lengua, y Jacqueline chilló de dolor, chilló como nunca había chillado antes. La visión empezó a tornársele borrosa a causa del dolor y la pérdida de sangre. Pero cuando creía que esta situación no podía ser peor, se transformó en un infierno.
-¿Mamá? ¿Papá?
No. Tenía que estar soñando.
-¿Quién es esta gente mamá?
Jacqueline trató de buscar a su hija con la mirada, pero todo su cuerpo le pesaba, y sus ojos empezaban a traicionarla. Aún así, pudo ver como una pequeña figura, que intuyó que era su hija, se acercaba a ella.
No, tenía que huir de ahí, tenía que decirle a su hija que huyera de ese infierno. Pero no podía, William Rockfell le acababa de cortar la lengua y su cuerpo empezaba a perder la conciencia. Jacqueline empezó a llorar de nuevo, y entre sollozos escuchó la voz de su hija, pero no pudo entender que decía. Pese a eso, sabía que Kathleen se estaba acercando, y que debía evitarlo.
Pero su cuerpo no le respondía. Por más que intentaba moverse, su cuerpo no respondía. De repente uno de los hombres, el que le había entregado el cuchillo a William Rockfell, le preguntó a su jefe:
-¿Qué hacemos con la cría?-William miró a la pequeña, y luego se volvió ante el rostro
aterrorizado de Jacqueline. Sonrió.
-Mátala. No nos gustaría que creciera con la intención de vengar la muerte de su familia, ¿cierto?-todos rieron ante ese comentario.
Jacqueline quiso gritar, correr, luchar…matar a esos hombres. Pero no pudo, no pudo hacer nada más que contemplar como el cuerpo de su pequeña caía inerte en el suelo. Antes de que pudiese lamentarlo más, Rockfell le clavó el puñal que había utilizado previamente para cortarle la lengua.
-Adiós a ti también querida.
Todo se volvió negro.
Cuando abrió los ojos se encontraba en una habitación que no reconocía, pero antes que
pudiese decir nada una voz habló.
-Vaya así que ya has despertado. Es un verdadero milagro que sigas viva, fue una suerte que el cuchillo no dañara ningún órgano o arteria importante. Aunque con esa herida y la de la boca, si no te hubiese encontrado hubieras acabado muriendo por alguna infección en pocos días y…-el doctor dejó de hablar en cuanto Jacqueline empezó a entrar en pánico.
Ante las palabras del doctor, ella había ido recordando todos los detalles de la noche anterior, y a cada golpe, cada gota de sangre que recordaba, más histérica se volvía.
-Jacqueline detente, cálmate-trató de razonar el doctor, que quería evitar que su paciente tirara más instrumental médico por el suelo. Jacqueline se giró hacía él, y empezó a preguntarle por su familia, sin darse cuenta de que lo único que salía de su boca eran meros sonidos. Ella estaba empezando a desesperarse ante el nulo caso que le hacía el doctor, el cual parecía tener oídos sordos a sus palabras.
-Siéntate Jacqueline, tus heridas no están del todo curadas, debes descansar-pero internamente Jacqueline no podía dejar de chillar “¿¡Y mi familia doctor, que le ha pasado a mi familia!?”.
Viendo que Jacqueline no le escuchaba, el doctor acabó cediendo a lo que él suponía que le suplicaba.
-Jacqueline, Robert y Kathleen están muertos.
Ante esa afirmación, Jacqueline se desmayó del shock.
Jacqueline se despertó horas después. Por lo visto, el doctor Benton había ido a casa de los Sherman a las ocho de la mañana a hacerle una última revisión al resfriado de Kathleen, pero en cuanto abrió la puerta se encontró con un panorama desolador. Después de comprobar que tanto Robert como Kathleen estaban muertos, se sorprendió al ver que Jacqueline seguía con vida, por lo que la llevo a su clínica y empezó a tratarla. Estuvo inconsciente durante varios días.
Tras despertar por segunda vez, estuvo unos cuantos días sin apenas moverse, sin tratar de decir una palabra, como si estuviese en trance. Fue el día en el que trato de decir algo que, ahora que estaba calmada, se percató que lo único que salía de su boca eran sonidos sin forma alguna. Ese día Jacqueline lloró por primera vez desde que había despertado.
A los pocos días, el doctor Benton le preguntó a Jacqueline si sabía quién les había hecho eso. Ella asintió, pero por más que quería decirle quien era el no tener lengua se lo impedía, por lo que el doctor le acercó un lápiz y una hoja para que le escribiese el nombre del culpable. Pero ella no sabía ni escribir ni leer. Jacqueline volvió a llorar.
El doctor Benton entonces empezó a enseñar a Jacqueline a leer y escribir, también a beber y comer sin parte de su lengua. Todo esto mientras iba curándole las heridas y siempre con una amable sonrisa. Jacqueline no podía estar más agradecida ante la bondad de ese hombre. Pero una noche, eso cambió.
-Desnúdate y túmbate en la cama-le dijo el doctor. Ella obedeció, pensando que se trataba de una revisión médica rutinaria. Pero en cuanto estuvo desnuda el doctor la ató a la cama y se bajó los pantalones. Ante la cara de terror de Jacqueline, él sonrió con la amable sonrisa que siempre le mostraba, pero que esta vez a Jacqueline le pareció repugnante.
-Jacqueline querida, no ibas a creer que todos estos cuidados que te he dado no iban a costar un precio, ¿no?
Jacqueline entonces comprendió lo podrido que estaba el mundo, y se dejó utilizar. Se dejó utilizar incontables veces porque quería encontrar a William Rockfell y sus hombres y matarles, y para eso necesitaba la ayuda del doctor.
Varios meses después, Jacqueline ya estaba totalmente recuperada y había aprendido a escribir. En cuanto pudo escribir el nombre de William Rockfell, el doctor le contó que hacía tiempo que había abandonado ese pueblo, y ahora estaba expandiendo su negocio por otras ciudades.
Cuando Jacqueline se despidió de sus días en la clínica, pensó por unos momentos en matar al doctor Benton. Tanto tiempo abusando de ella había hecho crecer en Jacqueline un gran odio hacia su persona. Pero le debía la vida, por lo que únicamente le disparó en sus genitales. Era un doctor, ya se las apañaría.
Robó un caballo de un establo del pueblo, guardó el revólver que le había dado el doctor y empezó su viaje en busca de William Rockfell.
-Deberías estar muerta, ¡deberías haberte desangrado hasta morir!
Jacqueline quería decirle tantas cosas a ese malnacido, al hombre que había arruinado su vida…Pero fue él mismo quien le privó de eso, quien le arrebató no sólo su vida, sino también el derecho a decirle cuanto le odiaba. Por lo que tiró su rifle ya sin balas al suelo, y cogió uno de sus revólveres. William sabía lo que venía ahora.
-No me mates por favor-suplicó él entre sollozos, tratando de no perder su vida. Pero esas palabras hicieron un efecto totalmente contrario en Jacqueline, quien al oír eso, aún se enfureció más. Decidida a que ya era el momento, apuntó su Peacemaker a su víctima y colocó su dedo en el gatillo.
Disparó.
Y mientras William Rockfell caía muerto al suelo, ella caía con él. Y es que al parecer, uno de los esbirros de Rockfell no había muerto, y aunque herido, había conseguido llegar a la habitación y dispararle dos veces a ella por la espalda.
Pero Jacqueline sonrió, ya que enfrente de ella se encontraba William Rockfell ya con la mirada vacía. Un disparo perfecto.
En cambio, los disparos que le habían propinado a ella, parecían igual de imperfectos que aquella puñalada de años atrás.
-“Menuda panda de inútiles”-pensó Jacqueline quien, con esfuerzo, consiguió girarse lo suficiente como para ver el hombre que la había disparado. Lo reconoció enseguida como aquel que había matado a su hija. Con una sonrisa macabra en sus labios, cogió su revólver, y antes que ese malnacido pudiese reaccionar, le disparó en la cabeza, como él había hecho con su hija.
En cuanto hubo matado al asesino de su hija, Jacqueline se dejo caer sobre su espalda y empezó a toser sangre.
-“Vaya, resulta que este no era tan inútil como su jefe…”- y es que aunque los disparos no le habían provocado una muerte inmediata, sí que habían atravesado ciertos órganos vitales, por lo que Jacqueline supo que iba a desangrarse hasta morir en poco tiempo.
Cuando la visión empezó a tornársele borrosa, fue cuando Jacqueline asimiló que había llegado su hora. Entonces, cuando miró por última vez a William Rockfell, empezó a recordar todos los eventos de esa noche en la que lo perdió todo, y de repente, empezó a reír. Era una risa extremadamente desagradable, ya que al tener la lengua cortada los sonidos salían directamente de su garganta. Pero eso no la detuvo.
-Mátala. No nos gustaría que creciera con la intención de vengar la muerte de su familia, ¿cierto?
Alyson Hannigan se encontraba en su porche, contemplando sus cultivos bañados por la luz de la luna. Aunque le gustaba mirar el fruto de su esfuerzo mientras vigilaba que los conejos no se comieran las raíces, se encontraba muy cansada. Llevar la granja ella sola este año había sido una auténtica proeza, aunque por supuesto lo que ganaría vendiendo en la ciudad sería una tercera parte –y eso si hay suerte- de lo que otros años había podido conseguir, cuando contaba con la ayuda de su marido y su hijo.
Quizás si su granja no estuviera tan lejos de la ciudad, estarían aún con ella. Recordó al pequeño Jason persiguiendo a los conejos entre el maíz. Siempre se llevaba un par de piedras en el bolsillo, y había adquirido una agilidad que ya quisiera su padre haber tenido a sus años. Llegada la noche, se quedaba con su madre en el porche, mirando atento al horizonte. Había veces que se quedaba dormido esperando a que llegasen los conejos. Otras, cuando oía algo, salía disparado entre las plantas de maíz hasta que daba con algunos de ellos, y tal era la puntería, que aun llevando sólo dos chinas en el bolsillo, siempre traía una pieza a la que había dado un duro golpe en la cabeza. Su padre decía que cuando tuviera edad de llevar un revolver, no le haría falta levantarse del porche siquiera.
El ruido de un caballo trotando en el horizonte la sacó de sus pensamientos, cosa que en parte agradeció. Rápidamente, comprobó una vez más que su rifle estaba cargado, y diciéndose para sí misma que sólo era uno, se preparó para lo que pudiera pasar.
Una vez que el desconocido se acercó lo suficiente para que la oscuridad no le impidiese ver su vestimenta, se tranquilizó. Era un joven de no más de veinte años, bañado en arena y con cuerdas atadas a su cintura. Tenía aspecto de cowboy, y de llevar pedido bastante tiempo, con los labios secos y la cara blanca de no haber comido en días. Aun así también pudo ver un revólver sin esconder, por lo que no se permitió relajarse.
- ¿Qué quieres, chico?
- Me llamo Nat Morris. Vengo desde Texas. Soy un cowboy. Vengo de transportar ganado con los O’Malley. Me dijeron que podría encontrar una ciudad cerca de su granja, pero llevo tres días buscándola y me quedé sin agua ni comida el primer día.
- ¿Los O’Malley, dices? Chico, conozco bien a los O’Malley, ya estaban aquí cuando llegué hará unos quince años, y sé que no viven a más de medio día de la gran ciudad.
- Entonces me creerá cuando le digo que Dios me privó del sentido de la orientación.
Y era verdad. Si por algo destacaba Nat Morris era por su nulo sentido de la orientación. No eran pocas las veces que había estado a punto de morir deshidratado o por inanición, cuando el lugar al que iba se encontraba a escasas millas de distancia.
- Está bien chico. Entra, lávate, y te daré algo de cenar. A cambio, mañana me ayudarás con la recogida de patata. Pero debes darme tu arma. No quiero sorpresas.
- Muchas gracias, señora…
- Hannigan. Alyson Hannigan. Te daré ropa de mi marido, Dios lo tenga en su gloria. Aunque te estará algo ancha.
Tras un baño en el que pareció quitarse una capa de piel, Nat se puso la ropa del difunto marido de la señora Hannigan. Comida no le faltó, o eso pensaba mientras estiraba los vaqueros. Bien podría entrar otra persona en una de las perneras. La camisa roja de cuadros azules no se quedaba atrás. Extrañamente los zapatos le quedaban ridículamente estrechos, pero no podía quejarse. Horas antes realmente pensaba si llegaría a volver a ver otro amanecer.
Ya en la cocina, la señora Hannigan le esperaba sentada cosiéndole parches en los vaqueros que llevaba. Junto a ella había una pequeña mesa con un mantel amarillo –que en otra época fue blanco-, con un vaso de agua y un estofado con patatas. Frío.
- Oh, por fin has llegado. Siéntate, siéntate. Tienes las sobras de mi cena, pero por tu aspecto presiento que te sabrá a comida de reyes.
- Muchas gracias de nuevo, señora Hannigan. Cualquier cosa que pueda hacer por usted…
- Seguro que mañana cuando recojas las patatas no estarás tan agradecido muchacho. La verdad es que tu ayuda me será muy útil en esta época del año. Llevar yo sola esta granja es agotador, y me ocupa todo el día. Hay cosas que tengo que arreglar en la casa, y no le vendría mal un poco de limpieza, como puedes comprobar.
- ¿No tiene a nadie que pueda ayudarla?
- De vez en cuando viene el pequeño de los O’Bryan, James, en las épocas más duras, a cambio de un cuarto de dólar la hora. Pero con los años, me vuelvo más vieja, y mis fuerzas se van desvaneciendo. Aquí donde me ves, fui una belleza a tus años. Pero hoy tendrás que echarle imaginación para creerme.
- No lo dudo, señora Hannigan.
- Oh vamos, llámame Aly. Como iba diciendo, cada vez tengo menos fuerzas, y puedo cultivar menos, por lo que mi dinero es menor, así que lo poco que gano lo guardo para comer carne de vez en cuando. Dentro de poco tan solo tendré cultivo para autoabastecerme, y mi única comida será zanahorias con patatas y maíz. ¿Se imagina, vivir sin comer carne?
- Ni lo mencione. El ser humano no está hecho para vivir sólo de plantas – dijo Nat antes de meterle otro bocado al estofado.
- Eso mismo pienso yo. ¿Sabe? Me cae usted bien. ¿Cómo dijo que se llamaba?
- Morris. Nat Morris.
- Me alegro que su poca orientación le trajese aquí. Aunque no entiendo como un cowboy puede permitirse ese lujo.
- Nunca viajo solo. Normalmente mi función es proteger el ganado, e ir detrás vigilando que no se pierda ninguna pieza. Si se acerca un zorro o alguien cuyo estómago le incite a robar, probará mi puntería. Y ya le digo que todo lo que me falta de orientación lo tengo de puntería. De hecho, me gustaría dejar esta vida. Aunque me siento libre y voy a donde quiero – o más bien a dónde puedo llegar -, me gustaría estar en una ciudad asentado. Quizás en la que voy a visitar próximamente.
- Vaya. ¿Sabe? Mi hijo Jason también poseía una asombrosa puntería. Nunca manejó un revólver, pero le aseguro que tenía más puntería que muchos colegas de mi marido. Si hubiese tenido uno a mano seguro que habría matado a esos malditos bandidos… - dijo Alyson mientras soltaba algunas lágrimas.
- Lo siento mucho.
- Tú no tienes la culpa, hijo. Esos malditos bandidos, los hermanos Fonseca, saquean y matan a placer en granjas lejanas de la ciudad. Y en el pueblo, qué demonios. El Sheriff de la ciudad no hace nada, pero es normal, él está bajo amenaza también, ¿sabe? Perdió a su mujer y su hija cuando intentó hacerles frente. Ahora sólo le queda su pequeña sobrina, Cobie.
- Alguien debería hacer algo.
- No, no. Lo mejor es quedarse quieto, sin más muertes. Ya se aburrirán y se irán a otro lado. Muchacho, si vas a esa ciudad, ten cuidado y no te metas en líos. Busca una buena mujer, que te cuide y te de hijos fuertes y sanos.
- Ya tuve una. Y no un hijo, sino dos. Un niño y una niña. Vivíamos con mis padres en Texas, en un rancho. Como soy joven, no había ahorrado lo suficiente para comprarnos una casa nueva.
- ¿Y qué pasó?
- En Texas también hay bandidos, señora Hannigan.
- Lo siento, muchacho. Dios juzgará a todos los pecadores llegado su momento. Termínate pronto lo que te queda y acuéstate, que mañana nos levantaremos temprano. Buenas noches.
- Sí, señora. Buenas noches.
Tras una mañana de intenso calor y trabajo, Nat partió a la ciudad. Alyson le acompañó la mitad del camino, en parte agradecida por el gran trabajo que había hecho Nat, en parte por miedo a que volviera a perderse. Llegó a la ciudad cuando el sol estaba a punto de ponerse. A pesar de seguir las indicaciones de cómo llegar al motel al pie de la letra –o no-, acabó llegando al Saloon. Ató al caballo, y al entrar vio que no había más que unos viejos jugando al póker, y el camarero limpiando vasos detrás de la barra. Se acercó a él, y pidió una cerveza, que le supo a gloria después de tanto trabajo.
Perdido en sus pensamientos, observó que entraron dos hombres en el bar. Uno de ellos era alto, con pelo negro, bigote, y una cicatriz en la mandíbula. El otro, más bajo, y calvo. Ambos eran muy delgados, llevaban sombrero, y sendos revólveres en la cintura. Se acercaron lentamente hacia los viejos, sonriendo. El más bajo, Wayne, cogió a uno de los viejos por los hombros.
- Hola, Sheriff. ¿Sabe por qué estamos aquí, no?
- Wayne, estaba cogido de pies y manos. Los de San Francisco me aprietan cada vez más. Dicen que si os sigo pasando información, se buscarán a otro.
- ¿Oyes eso, Joe? El viejo Sheriff teme perder su empleo… Pobre Sheriff…
- Es lo único que me queda, desde que matasteis a mi mujer y a mi hija… - unas lágrimas asomaron por su rostro.
- Pobre, pobre, pobre Sheriff… – dijo Joe. Ya sabes que fue algo necesario. Además, aún te queda tu joven sobrina, ¿no? ¡No te quejes! Debíamos enseñarte a respetar a los que están por encima de ti. Desde entonces no ha habido más muertes en el pueblo; teníamos un acuerdo. Tú nos avisabas de las diligencias que pedían la ayuda de la autoridad para ser transportadas, y nosotros nos matábamos a nadie. Pero has roto ese trato para que otros puedan enriquecerse.
- Necesito tiempo, Joe, que se calmen las cosas… que los de San Francisco me dejen tranquilo y no sospechen de mí, y poder volver a pasaros la información. No quiero más muertes en mi pueblo, por favor.
- Pues lo parece – dijo Joe. A mí me da igual lo que te diga la gente de San Francisco. No es problema nuestro, sino tuyo. Si te han cogido, es que no haces tu trabajo bien. Nosotros te enseñaremos a hacerlo bien, ¿verdad Wayne?
- Verdad, Joe. Creo que no le vendría mal pasar una semana en nuestra casa. Así le podremos explicar cómo debe realizar su trabajo.
- Esa es una excelente idea. Vamos Sheriff, venga con nosotros.
El Sheriff, sin embargo, no tenía ninguna intención de ir allí. Se levantó de la silla de un salto, y desenfundó su revólver, apuntando a Joe.
- ¡Cuidado Joe! – dijo Wayne.
- Tranquilo. Tanto él como yo sabemos que no lo hará. Es un cobarde, siempre lo ha sido. No supo defender a su familia, de la misma forma que no ha sabido defender a su pueblo.
- ¡Ya basta Joe! ¡Deja de hablar o te juro que te dispararé! ¡Te juro que lo haré si no te callas!
- Hazlo. - dijo Joe.
El Sheriff, tembloroso, apuntaba a Joe. Nat se estaba preguntando como terminaría todo este teatro, cuando de repente vio como el Sheriff se llevaba el arma a la boca, y se oyó un disparo. Su arma salió volando, y el pobre viejo empezó a llorar. Era Joe el que había disparado, sin que a nadie le hubiese dado tiempo a percatarse.
- No creas que te librarás de esto tan fácilmente. Me temo que tendremos que enseñarte nuevos modales también. Vamos Wayne, átalo y súbelo al caballo. Vamos a casa.
Wayne hizo lo que le habían mandado, y una vez hubieron salido del Saloon, los viejos salieron corriendo del local.
- ¿Van a ayudarle? – preguntó Nat al camarero.
- No, van a sus casas. Asustados.
- ¿Es que nadie piensa ayudarle?
- Todos en este pueblo tenemos a alguien a quien amamos, y que tememos que los hermanos Fonseca maten. Ninguno de los aquí presentes tiene capacidad para hacerles frente tampoco. El pueblo es pobre, todo el dinero acaba en las manos codiciosas de los hermanos. Por eso mismo, tampoco podemos pagar a nadie de fuera para que nos ayude, y hoy en día nadie que llegue de fuera está dispuesto a manchar sus manos por nada, joven.
- Nadie que haya llegado hasta ahora.
Con cuidado, Nat siguió a los hermanos Fonseca hasta su guarida. Era una casa, que en otra época perteneció a unos tal McKellars. Debió de hacer relativamente poco de aquello, puesto que la casa aún conservaba la pintura de la fachada, aunque había cristales rotos, la puerta estaba abierta de par en par, y algunos muebles estaban por el jardín. Éstos le sirvieron al joven Morris para ir acercándose sin ser visto. Conforme se acercaba a la puerta principal, oyó unas voces riéndose, y otra gritando. Pero no provenía de dentro de la casa, sino del jardín. Quizás en la parte de atrás.
Nat sonrió, y entró por la puerta, sigiloso. Si el exterior parecía triste, el interior lo confirmaba. Todo estaba lleno de botellas de ron, cerveza, y algún trozo de pan. Los muebles estaban todos destrozados, en las paredes había agujeros de bala, y los colchones estaban desperdigados aquí y allá, sin su color blanco característico. Curiosamente, sólo parecían intactos un caballo de madera, y una piña.
Con cuidado de hacer crujir lo menos posible la madera, subió por la escalera hasta el primer piso, y siguió subiendo hasta el segundo. Una vez allí, tras comprobar que todas las habitaciones estaban igual o peor que las anteriores, buscó una que diese al jardín trasero. Allí solo había una cuna, y mucha suciedad. Por suerte – aunque era de esperar – la ventana estaba rota, por lo que no haría ruido abriéndola.
Al principio, miró con cautela, pero supo que podría haber sacado medio cuerpo y no se darían cuenta. Los dos hermanos estaban de pie, alrededor del Sheriff. Joe tenía una botella en la mano, y estaba un poco doblado. Wayne, por su parte, no llevaba el sombrero, y estaba inclinado hacia el Sheriff, como un dentista con su paciente. El viejo estaba sentado y atado, con la boca abierta, gimiendo de dolor. Antes de que Nat se diese cuenta de lo que estaba pasando, Wayne se puso erguido de un salto, lanzando un objeto contra la valla de la casa. Al mismo tiempo, el Sheriff lanzó un grito de dolor, que debió dejar sordos a los dos hermanos.
- Deje de gritar tan fuerte, Sheriff, o tendremos que rajarle la garganta – dijo Wayne, y él y Joe empezaron a reír.
- Sabes que no podemos Wayne, entonces nos quedaríamos sin nuestro gran amigo. Pero sí podríamos arrancarle la lengua de cuajo, para que deje de hablar con sus amiguitos de San Francisco.
- Me parece una gran idea Joe, así no temeríamos por nuestro dinero nunca más.
Cogiendo unos alicates, Wayne se agachó de nuevo, y a pesar de la resistencia que puso el viejo, le abrió la boca, e intentó meter los alicates dentro. Antes de que eso pasase, se oyó un disparo. Wayne cayó encima del Sheriff, y la cabeza empezó a derramar sangre encima suya mientras se resbalaba por su cuerpo hasta el césped.
Joe, desorientado, en parte por ver a su hermano muerto al lado suya, en parte por el alcohol, buscó con la mirada quién había sido. Pero Nat ya se había escondido dentro de la habitación.
- ¿Quién anda ahí? Seas quien seas, vas a pagar caro haber matado a mi hermano, te lo juro. No te mataré, pero desearás que lo haga sucio hijo de perra.
Desenfundando su arma, dio algunos tiros a ciegas. El viejo se puso a llorar, lo cual puso nervioso a Joe, que le dio un culatazo en la frente, que hizo que sangrase. Al hacer eso, se oyó otro disparo, que dio en el revólver de Joe, que volvió a buscar al culpable sin éxito.
- Entiendo. Eres de San Francisco, ¿no? Has venido a matarnos a mí y a mi hermano, ¿verdad? ¿Acaso has pensado en las consecuencias, maldito inútil? ¿No has pensado que si no estamos nosotros, otros vendrán? ¿Que puede que sean peores? ¿Acaso no ves que este Sheriff no sirve para nada? Nosotros mantenemos el orden en esta ciudad, nosotros la protegemos de otros bandidos, a cambio de su dinero. ¿Para qué quiere una ciudad llena de cobardes oro? ¿Lo merece acaso? ¿Merece ser libre alguien que no lucha por su libertad? ¿Qué espera en su casa, rezando todos los días para que no matemos a alguien de su familia, o a él mismo? ¿Crees que el Sheriff no se venderá a los nuevos bandidos que lleguen? ¿O que hay alguien en este maldito pueblo que no vaya a temer luchar por el orden y la paz?
- Ahora hay alguien – dijo Nat antes de disparar por la ventana.
Lentamente, bajó hasta la parte de atrás del jardín. El Sheriff estaba tumbado y atado, empapado en sangre. Le quitó las cuerdas, e intentó que se levantase.
- No, déjame aquí. Al menos de momento. No pienso volver al pueblo, no debo. Yo no puedo defenderle de los nuevos bandidos que lleguen. Debí dejar el puesto a alguien más preparado cuando mi mujer y mi hija murieron, y partir con ellas. Desde entonces, soy un fantasma atrapado en este cuerpo. Mi vida no tiene sentido. Debí haber muerto mucho antes, quizás a la ciudad le hubiese ido mejor.
- No se culpe por ello. En la ciudad nadie se sublevó contra la tiranía de los hermanos Fonseca, Usted no podía sólo.
- Pero no es culpa suya. La gente necesita un héroe. Un líder fuerte, que le inspire confianza, alguien a quien seguir. Alguien que les muestre su libertad, y que les haga luchar por ella cuando la cosa esté difícil. Alguien como usted. Hijo, haz lo que yo no pude – dijo el viejo entregándole la placa.
- Le ayudaré a mantener a los bandidos a ralla, pero no me pida eso. Yo no soy un héroe.
- No hace falta serlo para que los demás lo crean. Ahora déjame aquí, necesito reponer fuerzas. Tráeme algo de agua, por favor.
En cuanto Nat se dio la vuelta, se escuchó otro disparo. Pensando cómo podían estar todavía con vida, se dio la vuelta. El Sheriff había cogido uno de los revólveres de Wayne, y se había pegado un tiro en la boca. Tras cerrarle los ojos y enterrarlo en campo abierto, lejos de esa casa, Nat volvió a la ciudad, que estaba esperándole. Ante la atenta mirada de todos, se puso la placa en el pecho. Sin decir nada, todos supieron lo que había pasado. Empezaba una nueva época en la ciudad.
Un mar dorado que quemaba los ojos bajo el resplandor del sol. Al cabo de horas y horas bajo la luz del astro rey, los pies dejan de ser parte de mi ser y el ardor de mi cuerpo casi parece insustancial frente al deseo irrefrenable de hallar solo un poco de agua. Dejando atrás un sendero de arena, dónde nada ni nadie pueda sino encontrar la muerte. Andando de un lado a otro entre la parca y la vida, bajo una cuerda fina que es el límite entre mi cordura y mi existencia. Mi boca seca me retorcía de dolor, mi lengua era áspera y poco a poco mi visión hacía que viera el rocío de las nubes, pero luego el tacto de mis dedos no me mostraban agua alguna. Tras tantas jornadas casi me creí loco cuando allá a lo lejos vi lo que puede ser un oasis. Al llegar a aquellas palmeras el pasado voló sobre mis ojos. Cuando mi mano tocó la corteza volví.
Mi dedos aún podía notar el tacto frío y rugoso de la ropa que habíamos tirado cerca. Mis mejillas degustaban las sábanas de aquella cama, la primera en meses. Mientras a mi lado estaba el perfume aún cercano a mi olfato como si de un eco de sonido se tratase. Tras las cortinas con agua se encontraba la figura cual sombra china de la que fuera un dulce regalo en mi fastuosa vida. Me acerqué a ella, el agua mojaba su cuello, que yo buscaba besándolo. Suavemente mis manos masajearon su cuerpo, buscando con la yema sentir hasta el último poro de su piel. Nuestras lenguas fueron fogosas y la saliva que se mezclaba nos hacía sentir cada palmo entre uno y otro. Los besos se sucedían entre largos y cortos, hasta que me susurró al oído como un aire fresco en un día de verano.
-Pronto... ¿Te irás?
Yo asentí, debíamos mantenernos en secreto a escondidas de su marido. A escondidas de todo lo que fuera puritano y religioso, mas en ese ruin mundo dónde los pillos y los déspotas gobernaran que todo aquello fuera algo malicioso se me antojaba ridículo. Nos despedimos con un fugaz beso, mi bella de cabellos rojizos, y ojos de acuarela azul. Yo tomé mi caballo negro, tapé mi mirada de aquellos curiosos indiscretos con mi sombrero azabache. Al poco me alejé echando una última vista a mi pequeño y cálido hogar.
Parece que aquel Oasis era solo un cementerio más de los muchos que había, una alucinación en forma de arbustos, mis propios sentidos hicieron me mintieron convirtiéndome en un ingenuo. Me costaba respirar y mi cansancio hizo que me tumbara, el calor era asfixiante, mis parpados se cerraban solos. Al caer contra el suelo bajo la arena aún ardiente y poder domarla con mi diestra, dejándola suavemente percibí el aroma del pasado. Un tiempo carente del verde que se necesitaba. La tierra de las oportunidades, el gran oeste, una gran farsa. Era solo la tierra de los criminales. Nosotros conquistamos más allá del Edén.
Había caído, la misma sensación de agotamiento y de saberme entre la espada y la pared. De ser consciente de un final. Bajo aquel infernal solo, pero sin haber vivido casi nada, aquel sheriff me apuntaba con su revólver. Su gran bigote, sus botas de cuero y su ojo de cristal, escondido bajo un sombrero de color pajizo. La placa ya ensuciada quizás como alegoría de su alma, o quizás porque aquellos pueblos no eran sino la bazofia del mundo. Su cañón era como un túnel hacia la muerte.
Aún así me levanté y sonreí. Como el gesto de un hombre libre ante la muerte.
-Hijo de perra, pagarás hasta la última gota de sangre lo que le hiciste a mi mujer.
Yo asentí, pero de aquel resplandor, solo el sonido de un disparo y la cabeza volada del anciano sheriff, mis camaradas estaban junto a mí con caballos esperándome. Y a lo lejos, en una ventana apoyada en el marco con la cara rajada mi bella pelirroja, llorando, mientras me miraba.
Ahora mis labios parecen placas de tierra, y aquel pasado de glorias e infamias se hallaba lejano. Parece que fue el castigo por una carrera hacia el mal de la que no me arrepiento en absoluto. En brazos del demonio, si existe me entrego. Yo soy Wild Bill, el bastardo de mi viejo quiso dar homenaje a la mano del muerto. El póker formaba parte de mi vida. Me puse en pie bajo el tormentoso astro. Podía verlo todo borroso, mientras caminaba bajo el sonido de mis espuelas, arrastraba mis zapatos al igual que mi alma. El polvo se me metía hasta el fondo de mi ser. A lo lejos sin yo saber muy bien por qué, vi la imagen de una persona a caballo. Tomé mi revólver y me acerqué, era alguien que se tapaba el rostro y solo dejaba ver sus ojos. Llevaba largos ropajes. Mis fuerzas me abandonaban y caí desmayado.
Lo siguiente que vi tras cerrar los ojos y volverlos a abrir fueron sus ojos y una cantimplora de agua. Bebí como pude.
-Gracias…
Aquel ser no me contestó. Yo me apoyé en su hombro para alzarme.
-Me has salvado. Parece que tenemos suerte incluso los tipos como yo.
No pude esperar a retroceder cuando me apuntó con su escopeta.
-Ey, ey. ¿Qué haces?
Sus pupilas delataban sus intenciones, me indicó con gestos que me arrodillara y lo hice alzando la mirada.
-Adelante, seas quien seas. No me arrepiento en absoluto de mis crímenes. No temo a la muerte ni al infortunio. No temo absolutamente a nada. Ni al infierno ni al demonio. Disfruté con mis crímenes.
Aquella persona se quitó el pañuelo. Y una voz cruda y hermosa me dirigió su última frase.
-No soy el demonio, soy algo peor.
-No puede ser. Tú…
Bang. Bang.
Ponemos tres semanas para votar, y las puntuaciones son 5 puntos el mejor y así sucesivamente. Si no se vota el relato del concursante que no vote perderá 5 puntos. Puede votar cualquiera. El autor no podrá votarse a sí mismo ¬¬ xD
Para que no halla líos.
-Mejor relato 5 puntos
-2º 4 puntos
-3º 3 puntos
-4º 2 puntos
-5 º 1 punto
Si eres autor no votas a tu relato, así que es hasta el 4º relato.
España es la Rusia del sur, sólo así se entiende que haya tanto zumbado.
1 punto: Pam! Y porque tengo que dar un punto, pero me parece una tomadura de pelo para la gente que se lo ha currado. 2 puntos: No Name Demasiado pretenciosa la forma de escribir, tira para atrás y la historia en sí no me dice mucho. 3 puntos: Jack Red Se hace muy pesado de leer, por la forma de escribir y las continuadas descrpciones que distraen del argumento. 4 puntos: Arena en las espuelas Muy fluido de leer, los diálogos lo hacen muy llevadero pero la historia no me dice mucho, no veo qué motiva al prota a hacer lo que hace, no tiene ninguno desarollo. 5 puntos: Bang BangSencillamente cojonudo, no le puedo criticar nada porque me ha encantado de principio a fin. Mis felicitaciones ^^
You are not wise enough to fear me as I should be feared Firma por cortesía de Sunshine ^^
Se me olvidó añadir que los autores voten en MP, para guardar su anonimato. Si lo autores así lo desean puedo publicar sus votaciones, o al terminar las mismas pueden publicar lo que crean conveniente de comentarios hacia sus propias obras.
España es la Rusia del sur, sólo así se entiende que haya tanto zumbado.